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martes, 7 de abril de 2015
Nikos Kavvadías
A BORD DE L’ “ASPASIA”
Viajabas perseguida por tu destino
hacia la muy blanca pero luctuosa Suiza;
siempre en cubierta, pálida y postrada en una chaise-longue
por la tristísima y conocida causa.
En todo momento te rodeaban los tuyos llenos de inquietud,
pero tú mirabas indiferente la lejanía.
Con amarga risa contestabas a cuanto te decían, porque sentías
que ibas ya camino al país de la muerte.
Una noche, cuando pasábamos por Stromboli,
le dijiste a alguien entre risas, con aire de broma:
“¡Cómo se parece mi cuerpo enfermo, en su fiebre,
a la ardiente cumbre del volcán!”
Luego te vi en Marsella, cuando te perdiste
entre el jaleo, sin volverte atrás.
Y yo, que sólo he amado la líquida extensión,
creo que a ti sí podría haberte amado.
(de "Marabú" 1933)
domingo, 23 de marzo de 2014
Constantino Cavafis
LA CIUDAD
Dijiste: "Iré a otra ciudad, iré a otro mar.
Otra ciudad ha de hallarse mejor que ésta.
Todo esfuerzo mío es una condena escrita;
y está mi corazón - como un cadáver - sepultado.
Mi espíritu hasta cuándo permanecerá en este marasmo.
Donde mis ojos vuelva, donde quiera que mire
oscuras ruinas de mi vida veo aquí,
donde tantos años pasé y destruí y perdí".
Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Vagarás
por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo
y en estas mismas casas encanecerás.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para otro lugar -no esperes-
no hay barco para ti, no hay camino.
Así como tu vida la arruinaste aquí
en este rincón pequeño, en toda tierra la destruiste.
Yorgos Seferis
I
Al mensajero
tres años lo esperamos tenazmente
atisbando de cerca
los pinos la playa y las estrellas.
Fundidos con la reja del arado o la quilla del barco
tratamos de encontrar la primera semilla
para que comenzara de nuevo el drama antiguo.
Regresamos a casa destrozados
con los miembros desfallecidos, con la boca arrasada
por el sabor a herrumbre y a salmuera.
Al despertar viajamos hacia el norte, extranjeros,
hundidos en la niebla por las alas blanquísimas de los
En las noches de invierno nos enloquecía el fuerte
en los estíos estábamos perdidos en la agonía del día
Llevábamos detrás
estos bajorrelieves de un arte humilde.
(de "Mithistórima" 1935)
Nikos Engonopoulos
sobre el muelle de mármol del palacio
se han depositado a distancias aproximadamente regulares
altas pilas de madera
que los barcos trajeron de lejanas
costas boscosas
unas son pilas de finos
y esbeltos troncos como cuerpos de muchachas
y otras de grandes
descomunales
árboles
y llueve sin cesar y la persistente lluvia empapa
la madera sin gracia
y brillan los mármoles del embaldosado
que el agua interminablemente lava y vuelve a lavar
y el cielo está pesado y oscuro
—¿quién sabe acaso qué hora del día es?—
no permite abrigar ninguna esperanza
(la orilla de enfrente ha desaparecido
diríase que nunca existió)
y el mar está opaco y revuelto
como si las gruesas gotas de lluvia que lo abruman
hubieran despertado en sus entrañas una furia monstruosa
que con gran esfuerzo
logra contener
nadie más parece estar en este desolado lugar
excepto yo —yo mismo—
que permanezco de pie con mis rojos cabellos empapados
y pegados a la frente
los tormentos del amor me han traído a esta noble playa
y toda mi mente está en una espléndida
y soberbia magnolia
que en esta región
arraiga y florece
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