LOS HERMANOS
en un camino banal
de la Somme
había cuatro hombres
pero no había cabo.
el primero se llamaba Jules.
ponía canaleras y arreglaba cristales
y en su vida privada, era sonámbulo
todos los lunes por la mañana, le dolía la cabeza
y es que sólo nos portamos bien los fines de semana
su cabello era rizado
nariz recta, ojos azules
boca corriente, mentón redondo
estatura: un metro setenta y dos
signos particulares: nada.
un día, conoció
a una muchacha estupenda.
no era como las otras.
dado que era propenso a la decencia
y que ella quería ser decorosa
hicieron por su parte lo que nosotros por la nuestra
tuvieron así dos hijos sin esfuerzo.
Los reflejos infieles
Me moldeó muchas caras esta sumisa piel,
adherida en secreto a la palpitación de lo invisible
lo mismo que una gasa que de pronto revela figuras
emboscadas en la vaga sustancia de los sueños.
Caras como resúmenes de nubes para expresar la intraducible travesía;
mapas insuficientes y confusos donde se hunden los cielos y emergen los abismos.
Unas fueron tan leves que se desgarraron entre los dientes de una sola noche.
Otras se abrieron paso a través de la escarcha, como proas de fuego.
Algunas perduraron talladas por el heroico amor en la memoria del espejo;
algunas se disolvieron entre rotos cristales con las primeras nieves.
Mis caras sucesivas en los escaparates veloces de una historia sin paz y sin costumbres:
un muestrario de nieblas, de terror, de intemperies.
Mis caras más inmóviles surgiendo entre las aguas de un ágata
sin fondo que presagia la muerte,
solamente la muerte, apenas el reverso de una sombra estampada en el hueco de la separación.
Ningún signo especial en estas caras que tapizan la ausencia.
Pero a través de todas, como la mancha de ácido que traspasa
en el álbum los ambiguos retratos,
se inscribió la señal de una misma condena:
mi vana tentativa por reflejar la cara que se sustrae y que me excede.
El obstinado error frente al modelo.
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LOS LOBOS
Hay lobos esperando en el cuarto contiguo
con las cabezas bajas, tensos, olfateando
nada en la oscuridad; entre ellos y yo
una puerta blanca con retazos de luz del salón
donde se diría que nunca (tan sosegada es la casa)
ha caminado un hombre de la puerta de calla a la escalera.
Todo ha sido eternamente. Las bestias rasguñan el piso.
He cavilado sobre ángeles y demonios
pero nunca un hombre ha estado en un cuarto
vecino a otro atestado de lobos, y por el honor del hombre
afirmo que yo nunca antes lo había experimentado.
Mientras buscaba la estrella vespertina en una fría ventana
y silbaba cuando Arturo derramaba su luz,
oí reñir a los lobos, y dije: Entonces esto
es el hombre; entonces -qué mejor conclusión hay-
el día no seguirá a la noche, y el corazón
del hombre tiene poca dignidad, pero menos paciencia
que un lobo, y un sentido más embotado
que no le permite oler su propia mortalidad. (Ésta y otras
meditaciones serán apropiadas para otros tiempos
después que el silencio del perro aúlle su epitafio.)
Ahora recuerda el valor, ve a la puerta,
ábrela y mira si enroscada en la cama
o temblando junto a la pared, una bestia salvaje
quizá con cabello dorado, con ojos oscuros,
como una araña barbada en un piso bañado de sol
gruñe -y el hombre nunca puede estar solo.
(TRAD. CÉSAR AIRA)
LLUVIA
Llueve porque te nombro y estoy triste,
porque ando tu silencio recorriendo,
y porque tanto mi esperanza insiste,
que deshojada en agua voy muriendo.
La lluvia es mi llamado que persiste
y que afuera te aguarda, padeciendo,
mientras por un camino que no existe
como una despedida estás viniendo.
La lluvia, fiel lamido, va a tu encuentro.
La lluvia, perro gris que reconoce
tu balada; la lluvia, mi recuerdo.
Iré a estrechar tu ausencia lluvia adentro,
a recibir tu olvido en largo roce:
Que mi sangre no sepa que te pierdo.
De: "Sonata de soledad"- 1954-
LA PUTA DE BARCELONA
Atrévete a seguirme tras las puertas crujientes
Donde basta la espina ardiente de unos ojos
La caverna morena con olor de volcán
Te aguarda entre mis piernas
Yo soy la comulgante de los cabellos negros
La mirada inhumana los soles atontados
Bajo un hombre crucé veinte veces el mar
La abundancia del mar el azul los reflejos
Tu miembro de esplendor mis pechos de dolor
La mirada rendida bajo una boca ornada
Tales son mis placeres mis vientos mis angustias.
Una sombra te guarda el mundo te resguarda
¡Cliente! Nosotros dos espantados en uno
Por una vez vencemos la negra eternidad.
(Matière céleste, 1937.)
ACLIMATACIÓN
Primero te retraes,
te agostas,
pierdes alma en lo seco,
en lo que no comprendes,
intentas llegar al agua de la vida,
alumbrar una membrana mínima,
una hoja pequeña.
No soñar flores.
El aire te sofoca.
Sientes la arena
reinar en la mañana,
morir lo verde,
subir árido oro.
Pero, aún sin ella saberlo,
desde algún borde
una voz compadece, te moja
breve, dichosamente,
como cuando rozas
una rama de pino baja
ya concluida la lluvia.
De "Parvo Reino" 1984
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HUDIBRAS
(Fragmento)
Como si la divinidad hubiera contraído
sarna para que la rascaran,
como un saltimbanqui que se daña
y apuñala con profundas dudas,
para mostrar con qué dolor tan leve
se curan las nuevas llagas de la fe,
aunque sabemos por penosa prueba
que siempre dejan una cicatriz.
Sabía dónde estaba el Paraíso,
podía decir en qué latitud estaba
y, a su debido tiempo, podría probar
que estaba debajo de la luna, o encima;
lo que soñó Adán cuando su compañera
salió del compartimento en su costado,
cómo fue tentada por el diablo,
mediante un exégeta del alto Teutón;
si alguno de los dos tenía ombligo,
quién fue el primero en dar a la música la calidad de lo maleable,
si la Serpiente en la Caída
tenía las pezuñas hendidas o no tenía,
todo ello, sin glosa o comentario,
podría descifrar en un instante
en justos términos, como los que barajan los hombres
cuando prescinden de un asunto y la materia
según a su religión convenía
concordar ciencia e ingenio;
era un presbiteriano puro,
pertenecía a ese terco grupo
de santos vagabundos, a quienes todos conceden
la ventaja de ser la auténtica iglesia militante,
y que basan su fe
en el texto sagrado de picas y mosquetes,
esos que deciden las controversias
con artillería infalible
y demuestran la ortodoxia doctrinal
con golpes y porrazos de apostolado,
que llaman a la espada del fuego y al saqueo
reforma plena,
que siempre ha de marchar adelante,
que siempre se hace sin estar nunca hecha,
como si la religión no sirviera
para ser recompuesta y remendada.
Una secta que basa su devoción
en raras y perversas antipatías,
en discrepar con esto y con lo otro
y encontrar siempre que algo falta;
más díscola, iracunda y esplenética
que perro sorprendido o mono enfermo
que atienda más al mal guardar una fiesta
que otros a guardarla con justicia.
Disculpa los pecados que le son afines
y condena los que no le interesan,
y tan perversa y acérrima es
que parecer adorar a Dios por pura rabia...